martes, 1 de mayo de 2012

Buscando tres pies al gato





Como decía hace poco, siempre tuve tendencia a buscarle tres pies al gato. [Verifico que esta locución verbal posee varios significados distintos, dependiendo de a quién se pregunte: "Intentar encontrar razones ocultas a lo que es evidente y simple", "Empeñarse en cosas que pueden acarrear daño", "Tentar la paciencia de alguno con riesgo de irritarle", "Buscar ocasión de pesadumbre y enojo", "Buscar razones que no tienen sentido", y otras.]

En cierta ocasión, esta afición me llevó a indagar los valores imperantes en nuestra sociedad. El objetivo era descubrir la tendencia, su evolución, pero el resultado fue otro. Pasé un cuestionario con dos preguntas: ¿cuales son tus valores? y ¿qué valores consideras más corrientes a tu alrededor? Se proponían algunos a título de ejemplo pero se dejaba abierta la respuesta, con la idea de agruparlos posteriormente.

El estudio, tanto en su planteamiento como en su ejecución padecía defectos graves que limitaban cualquier conclusión que pudiese extraerse (Por ejemplo, el número de 'No sabe / No contesta' era muy superior al de respuestas. Y para la selección de la muestra simplemente 'procuré' que fuera aleatoria y que hubiera de todo). Debo decir a mi favor que se han publicado y publicitado estudios con defectos metodológicos aún más graves. Un caso notorio lo constituye el informe Hite, que se basó en las repuestas a un cuestionario al que el 97% de las encuestadas no respondió.

Por otro lado, incluso de un estudio mal planteado y mal ejecutado se pueden extraer algunas conclusiones útiles (aunque quizá no respecto al objeto de la investigación. Por ejemplo, sobre la calidad del servicio de correos). En mi caso el resultado útil conseguido radicaba en la diferencia entre los valores profesados y los valores percibidos.

En cifras, obtuve 950 respuestas. Casi todo el mundo declaraba unos valores propios de lo más altruista: el 87% incluía la familia, la amistad y la solidaridad. En cambio, respecto a los valores percibidos 'a su alrededor' el 84% incluía el dinero, el sexo y el prestigio social. Me chocó la dominante percepción de que el dinero es el valor más corriente, pero solo una persona entre 950 (0,1%) lo reconociera como propio. Extraje la conclusión de que entre mis congéneres pocas personas se dan cuenta de qué cosas les mueven, el gran desconocimiento de nosotros mismos.

Un cantautor al que tuve por vecino solía decir que cuando las personas dejan de creer en un dios son capaces de creer en cualquier cosa. Multitud de ejemplos le dan la razón.

Esta reflexión y el 'estudio' antes relatado me condujeron a otra afición que practico: preguntarme por los dioses a los que adoran las personas que conozco. No me refiero a las explicaciones o justificaciones que nos damos a nosotros mismos; eso raramente tiene interés; además la mayoría de personas imagina no creer en nada. No se trata de preguntar, sino de observar por qué motivos es alguien capaz de levantar el culo del sofá. ¿para ir a buscar una cerveza a la nevera? ¿para ir a un concierto? ¿para ir al gimnasio?

Invertimos cantidad de esfuerzos en aparentar y sin embargo nos retratamos a cada paso que damos. En este sentido, cuando alguien interrumpe lo que fuera que estuviera haciendo -presumiblemente por algo más importante-, muestra qué cosas considera verdaderamente más importantes. Por ejemplo, si alguien está escuchando con (al menos aparente) interés, pero atiende una llamada de móvil para charlar banalidades, deja visibles sus verdaderos intereses.

Quizá esto sea más llamativo en el caso de personalidades públicas, por ejemplo políticos, que una vez pasada la etapa de prometer que lo arreglarán todo para la mayoría, con su actuación muestran los verdaderos valores a los que sirven. Pero, a pesar de ser mucho menos llamativo, es mucho más útil observarlo en uno mismo; quiero decir poner a prueba con nuestras actuaciones la correspondencia -o no- de los valores que creemos profesar.

Esto tiene una dificultad añadida. El símil tantas veces usado que equipara la conciencia con un ojo, incluye en la similitud la existencia del  punto ciego (o quizá de más de uno). Y donde no alcanzamos a ver, lo rellenamos a imitación de su entorno.

Encuentro curioso que siendo nosotros mismos el sujeto más a mano para la experimentación, seamos a la vez, uno de los menos examinados.

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